En la antigua Grecia, los hombres se conocían y reconocían en los ojos de su familia, sus seres queridos, su comunidad. Las mujeres se reservaban el espejo, asociado con la belleza, la feminidad y la seducción. El reflejo estaba en todas partes. «No hay lugar que no te vea», resumió Rilke. ¿Puede uno existir sin preocuparse por su reflejo? ¿Puede uno ser consciente de sí mismo sin conocerse? ¿Puede uno ser consciente de sí mismo sin ser reconocido? Uno puede tener una imagen de sí mismo, pero puede estar muy alejada de su verdadero yo. Por lo tanto, un hombre no debe verse en el espejo por miedo a ser absorbido por su imagen. Esta imagen logra hacernos olvidar que estamos ahí. Si pensamos lo que vemos, si resuena en nuestro interior, también lo soñamos. Nuestra imagen se nos escapa en cuanto la vemos. Así, una mujer se ajusta al espejo, mientras que un hombre puede perderse en él, ahogarse en él. Los sueños, gemelos de la memoria, ocultan el tiempo y lo adormecen. ¿Qué vimos y cuándo? La vista y la imaginación se interpenetran y son inseparables. Para los griegos, la visión y el autoconocimiento eran uno solo. Visión, autoconocimiento… pero no demasiado, pues si la humanidad es una maravilla, en el sentido de un incidente, una fascinante fractura en la vida, como dice el coro de Antígona, también alberga su propio terror; se extermina y se tortura a sí misma, y es, de hecho, el único «animal» en este sentido.
La autoridad representa este límite, esta frontera invisible, esta fuerza pacífica que impide al hombre dejar de ser humano, pues para el antiguo griego no había mayor pecado que sucumbir al salvajismo, anhelarlo, dejarse guiar por él, desarrollar un gusto por él. Laamartia pronto se convertiría en pecado, entendida como falta, error, fracaso. Conocerse a uno mismo, pero no demasiado bien, constituye la máscara de la identidad en la antigua Grecia. Uno debe conocerse a sí mismo, comprometerse consigo mismo, definirse y "individualizarse" para existir; pero ¿qué significa existir? Si no es discernir, ajustar y armonizar la propia naturaleza con la propia educación. En nuestro tiempo, que juzga el pasado con los ojos del presente, se ha vuelto casi prohibido hablar del vínculo que nos une al hombre antiguo, llamarse heredero. Ajustar naturaleza y cultura, equilibrar la balanza entre lo que somos, lo que nos estamos convirtiendo y lo que fuimos. ¿Por qué el pasado? Porque somos una esencia concentrada, y somos menos que la suma de nuestras partes, puesto que estamos y siempre estaremos en deuda con la historia que nos precede. Esta ecuación se omite o minimiza en la actualidad, lo que viene a ser lo mismo. Los mecanismos propios de nuestra era absuelven a la humanidad de su memoria; al fin y al cabo, ¿acaso no posee tecnología, una memoria inconmensurable e insuperable? ¿Qué necesidad tiene de una memoria propia? Si surge el impulso de recordar, basta con un buscador. Práctico, fácil, sencillo, rápido; la memoria y sus múltiples ramificaciones no pueden competir ni por un segundo, ¡por no mencionar que nuestra memoria nunca tiene la certeza de recordar, ni siquiera de lo que recuerda! Me refiero aquí a la memoria que construimos para nosotros mismos, la que nos es dada y filtrada por el tamiz de nuestra naturaleza, y que se acumula a lo largo de nuestras vidas. Si no estoy armado con mi propia memoria, sino solo con las memorias de otros, ofrecidas generosa o interesadamente en internet, ¿qué sentido puede tener mi vida? Un significado prestado en todo el sentido de la palabra. El significado surge de la interpenetración de naturaleza y cultura, y de las acciones a las que la condicionamos. Ambas se evalúan y se influyen mutuamente de forma constante, entregándose la una a la otra solo para reprocharse mejor su existencia respectiva. La negación de la naturaleza por la tecnología otorga a los proyectos modernos, por primera vez en la historia de la humanidad, poder y autoridad. Esto es lo que todos los regímenes totalitarios han buscado implacablemente.
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