Esta expansión del poder papal en el ámbito litúrgico dio la impresión de que el Papa, en esencia, tenía poder absoluto sobre los asuntos litúrgicos, especialmente si actuaba en virtud de un mandato de un concilio ecuménico. El efecto de esta impresión fue particularmente visible después del Concilio Vaticano II. La idea de que la liturgia es un don, una realidad inmanejable, había desaparecido por completo de la conciencia de los católicos en Occidente. Sin embargo, el Concilio Vaticano I había definido al Papa no como un monarca absoluto, sino como el garante de la obediencia a la Palabra revelada. La legitimidad de su poder estaba vinculada sobre todo a la transmisión de la fe. Esta fidelidad al depósito de la fe, así como su transmisión, es particularmente relevante para la liturgia. Ninguna autoridad puede «fabricar» una liturgia. El Papa mismo es simplemente el humilde servidor de su desarrollo armonioso, su integridad y la permanencia de su identidad. […] La grandeza de la liturgia, conviene reiterarlo, reside precisamente en el hecho de que escapa a la arbitrariedad
Joseph Ratzinger, El espíritu de la liturgia, págs. 200-201.
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