La imitación de Dios abre nuestros sentidos

©Foto Trac Vu

¿Por qué la fe se les escapa a tantas personas hoy en día? Soñamos con una fe pura y cristalina que surja espontáneamente. Sin embargo, bombardeada por todo tipo de estímulos, nuestra alma, el verdadero receptáculo de la fe, permanece oculta.

La fe, esa virtud teologal que primero debe echar raíces, se fundamenta en gestos que se reciben. Nadie nos colma de gestos como Jesús, quien, al penetrar en nuestros sentidos, los eleva. Porque así es como creemos: recibiendo una forma, repitiendo gestos, a menudo, durante mucho tiempo, antes de comprender su profundidad. Es precisamente ahí donde Cristo aparta al sordomudo, «sacándolo de entre la multitud», tapándole los oídos con los dedos y humedeciéndole la lengua con saliva. Cristo requiere intimidad para obrar. Ciertamente, la intimidad no es sagrada; también es ámbito del pecado, pero no obstante es el ámbito de la elección por excelencia, puesto que nos obliga a mirarnos con honestidad.

Jesús no entregó su vida en la cruz; la entregó desde el comienzo mismo de su ministerio público. ¡La entregó como ejemplo! Y todos los que lo siguieron comenzaron a actuar según este modelo, perfectamente adaptado, impecable, sin defectos. La vida de Jesús es una demostración concreta. Pero Cristo conoce la dificultad de elevarse por encima de la humanidad sin retroceder. Dice: «Haced esto», no «Imitadme». Nos pide que nos convirtamos en sus acciones. Dentro de esta demostración reside otra enseñanza extraordinaria: se trata de seguir a Cristo con nuestros propios recursos; nos pide que lo sigamos y que hagamos lo que él hizo, incluso, y sobre todo, si está más allá de nuestras fuerzas. 

Cristo apartó al sordomudo de la multitud para poner a prueba su intimidad. Le tocó los oídos y la lengua, transmitiéndole su gusto. Luego le habló, pidiéndole que abriera los oídos. Y el mudo "habló con claridad". Sus siguientes peticiones no son menos significativas, pues le pidió que no dijera nada, que guardara silencio sobre este milagro. ¡Le pidió a un sordomudo que guardara silencio justo después de haber recuperado el oído y el habla! Jesús odia el ruido y ama la paradoja. Abre paradojas en nuestras vidas para romper las cadenas que nosotros mismos hemos forjado. Escucha, entre el clamor de la multitud, el lamento o la oración del penitente. No puede rechazar a la multitud, pues hay fe en ella, pero desconfía de ella mucho antes de que llegue su propio juicio, sabiendo que el corazón humano está lleno de cambios y turbulencias. En este pasaje, se nos inculca una delicada lección: aprender a escuchar precede a la autoexpresión.

La fe no es ni completamente interna ni completamente privada. Se nutre de la intimidad, pero no es lo que la era moderna nos quiere hacer creer: algo que se posee o se carece. Esta idea de impotencia y resignación es, en palabras de Chesterton, una virtud cristiana desmedida, pues proviene de la definición de virtud teologal de la Iglesia. Sin embargo, ¿debemos resignarnos a ella? No, y la actitud de Jesucristo en la tierra nos enseña lo contrario. Al actuar como Cristo, no lo estamos imitando, pues nuestras debilidades no nos lo permiten. Al contrario, podemos conformarnos a él (La imitación de Cristo es, en este sentido, una gran enseñanza, pues este libro nos enseña a conformarnos en la vida cotidiana y en innumerables situaciones). El episodio del sordomudo también nos enseña que debemos oír antes de hablar. Mantengámonos atentos, especialmente a nosotros mismos, a nuestro ser interior. No hay razón para que la fe esté menos presente en nuestros tiempos que en la Edad Media, ni para que la gracia de Dios sea menos frecuente, pero se ve sofocada y nos negamos a verla, la olvidamos, como el alma, y, como ambas están ligadas, se marchitan.

Para empezar a creer, hay que actuar como un creyente. Si queremos contemplar algo magnífico que se nos escapa pero que alegra a nuestro prójimo, debemos ponernos en su lugar o acercarnos a él. Este cambio de perspectiva despierta nuestra alma. Nos aleja del bullicio de la multitud y de nuestras propias vidas. Este gesto inicia nuestro amor. Nos coloca en la paciencia de la gracia, que nos toca en lo más profundo de nuestro ser con ternura y nos abre por completo a la libertad de Cristo.


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