La obsolescencia comienza cuando dejamos de desear

La inteligencia artificial se está convirtiendo en un tema central en todos los debates; representa la amenaza que se avecina. Se anticipa un punto de inflexión crucial: un día, las máquinas serán más inteligentes que nosotros y la humanidad descubrirá que ya no domina la creación. Nuestra obsolescencia no comenzará cuando las máquinas piensen mejor que nosotros; de hecho, ya lo hacen. Podemos crear agentes que conozcan su función a la perfección en tres minutos de configuración, mientras que a un ser humano le llevaría diez años de estudio. La obsolescencia comienza cuando nosotros mismos renunciamos a pensar, a juzgar, a asumir la responsabilidad humana y a ser responsables.

La servidumbre se infiltra sutilmente: no mediante la violencia, sino a través de la comodidad. La máquina no se cansa. No duda. No se lastima al contacto con la realidad. Responde con rapidez, decide con rapidez, tranquiliza con rapidez. Y nosotros, lentos, vacilantes, contradictorios, terminamos confundiendo nuestras propias limitaciones con un defecto. El hombre moderno no solo odia sus limitaciones: se avergüenza de ellas.

Durante mucho tiempo, la humanidad aceptó crecer dentro de sus limitaciones. Sabía, en el fondo, que no se definía por sí misma. Recibió su vida y su vocación. Luego buscó liberarse de toda verticalidad. Al negar a Dios, no solo rechazó una creencia; se negó a permitir que ninguna autoridad la ordenara, la enalteciera y la juzgara. Este modo horizontal, que no reconocía más autoridad que ella misma, se ha agotado. Así, la inteligencia artificial le recuerda su propia existencia y le impone un destino en lugar de la libertad que abandonó junto con su vocación.

Ahora que ha creado una entidad más inteligente que él mismo, ¿qué le queda al hombre? ¿Aquel que ha negado su intimidad con Dios (algo que ninguna inteligencia artificial podría haber sabido jamás)?

Este es el punto crucial. El peligro no reside simplemente en que la inteligencia artificial pueda algún día producir un poema aceptable, un diagnóstico creíble o consejos matrimoniales plausibles. En cierto modo, ya lo hace. El peligro reside en que prioricemos su velocidad y utilidad por encima de las personas reales. Un niño que balbucea, una persona mayor que divaga, un amigo que lucha por encontrar las palabras adecuadas, un sacerdote que duda antes de responder: todo esto se vuelve insoportablemente lento en un mundo saturado de tecnología. Intentemos no llamar progreso a lo que a menudo no es más que impaciencia elevada a la categoría de sistema.

Georges Bernanos previó esta espiral descendente mucho antes que nosotros: «El peligro no reside en la proliferación de máquinas, sino en el número cada vez mayor de personas acostumbradas, desde la infancia, a no desear nada más que lo que las máquinas pueden proporcionar» (Francia contra los robots). Esta afirmación sigue siendo escalofriante porque habla menos de tecnología que de deseo. ¿Qué más podemos desear si las estadísticas nos proporcionan todo lo que necesitamos? ¿Qué deseamos, sino cálculo, síntesis y comodidad?

Cuando las Escrituras hablan de ídolos, son inflexibles: «Él siempre es superior a aquello que adora; comparado con ello, él tiene vida, mientras que ellos jamás la tendrán» (Sabiduría 15:16-17). Ahí radica la clave. Adorar nuestras herramientas no es alabarlas; es empezar a compararnos con ellas y, finalmente, a despreciarnos. A partir de ese momento, la obsolescencia humana deja de ser una hipótesis técnica para convertirse en una tentación espiritual.


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