En su afán desmedido por hacernos creer que podemos elegirlo todo en todo momento, la era moderna ha sustituido metódicamente el ser por el tener. Sin embargo, esta lógica, esta ideología, tiene sus límites: algunas cosas no se pueden adquirir, entre ellas la alteridad. Vivir la propia identidad, ser quien uno es, habitar el propio nombre, permitir la intimidad y, por lo tanto, el conocimiento y la profundización del propio ser: estas son las condiciones para un encuentro con el otro. La primera diferencia entre Creonte y Antígona reside precisamente en esto, en el fundamento sobre el que se construye la lucha. Antígona conserva en sí este don de los antiguos, de los dioses, este arraigo que define la autoridad en la que se apoya para enfrentarse a este hombre, su pariente, el rey, que abraza la voluntad de poder y se encuentra cegado por ella hasta que no oye más que su propia voz, su eco.
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