
Basta con escuchar la cautivadora música de algunos tangos, como la de Carlos Gardel, por supuesto, la de Astor Piazzolla y la de otros, que han cantado al exilio, a lo lejano, a lo inaccesible, para ahuyentar las oleadas de su alma, su melancolía y vivir durante el tiempo de una canción en la felicidad combinada de sus recuerdos y sus esperanzas, para sentir la angustia de quien cree haber perdido su patria para siempre.
Esta combinación se llama esperanza. Es donde el alma vibra con la sensación de estar vivo. El Papa Francisco, un auténtico argentino, siente en sus venas la migración de sus ancestros a ese Eldorado, Argentina. Que esto altere su visión del migrante, cuyo término, excesivamente genérico, indica desde el principio la dificultad de hablar de él, es innegable y resulta clave para comprender sus declaraciones erráticas sobre el tema.
El exilio obliga al alma a revelarse y a ocultarse. A desvelar ciertas cosas en su interior que uno desconocía, que ignoraba, que mantenía ocultas por miedo a lo que pudieran contener. Ante el exilio, emergen como por arte de magia, se convierten en lo que siempre han sido y nos dominan. ¡Qué mérito forja en nosotros el exilio, a menudo a pesar de nosotros mismos, porque nos resistimos a él! El exilio derriba una barrera, a menudo erigida con prisa y sin verdadera reflexión. El ser humano es un animal reactivo. Cuando evoluciona en su entorno habitual, suele reaccionar ante sus propios demonios, resentimientos y cambios de humor. Cuando abandona su capullo, reacciona para sobrevivir, apoyándose en aquello en lo que cree, a menudo producto de su cultura, pero su naturaleza tampoco es ajena a ella. Este arraigo lo protege principalmente de la autodesilusión, pero no de la melancolía, de la nostalgia.
La expresión «viajar amplía la mente» surge de esta experiencia. El exilio obliga al corazón, la mente y el cuerpo a comunicarse de manera diferente con el alma, que así se revela, pero que también exige ocultar aspectos de nuestra personalidad que dábamos por sentados. A veces, son precisamente estos aspectos revelados los que velan otros. Lo que creíamos era, en realidad, una exageración.
En el exilio, las certezas renacen, se vuelven nuevas.
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