Contra los robots

El diario de viaje de Emmanuel Di Rossetti


Exilio, migrantes y el Santo Padre

Basta escuchar la música cautivante de algunos tangos, Carlos Gardel, por supuesto, Astor Piazzolla también, y otros, que han cantado así al exilio, a lo lejano, a lo inaccesible, para ahuyentar sus olas del alma, su melancolía y vivir el tiempo de una canción en la felicidad combinada de sus recuerdos y sus esperanzas, para sentir la angustia de quien cree haber perdido su patria para siempre.

Esta combinación se llama esperanza. Es donde el alma vibra con la sensación de estar vivo. El papa Francisco, un auténtico argentino, siente en sus venas la migración de sus antepasados ​​a ese Eldorado, Argentina. Que esto altere su visión del migrante, cuyo término excesivamente genérico indica desde el principio la dificultad de hablar de él, es innegable y resulta clave para comprender sus erráticos pronunciamientos sobre el tema.

El exilio obliga al alma a revelarse y a ocultarse. A desvelar ciertas cosas dentro de uno mismo que uno desconocía, que ignoraba, que mantenía ocultas por miedo a lo que pudieran contener. Ante el exilio, emergen de dentro como por arte de magia, se convierten en lo que siempre han sido y nos dominan. ¡Cuánto mérito se forja en nosotros el exilio, a menudo a pesar nuestro, porque nos resistimos! El exilio derriba una barrera a menudo erigida con prisa y sin verdadera reflexión. El hombre es un animal reactivo. Cuando evoluciona en su entorno habitual, suele reaccionar a sus propios demonios, resentimientos y cambios de humor. Cuando sale de su capullo, reacciona para sobrevivir, apoyándose en sus creencias, a menudo producto de su cultura, pero su naturaleza tampoco es ajena. Este arraigo lo protege principalmente de la autodecepción, pero no de la melancolía ni de la nostalgia.

La expresión «viajar abre la mente » proviene de esta experiencia. El exilio obliga al corazón, la mente y el cuerpo a comunicarse de forma diferente con el alma, que así se revela, pero que también requiere ocultar aspectos de nuestra personalidad que dábamos por sentados. A veces, son estos aspectos revelados los que ocultan otros. Lo que creemos resulta estar sobreestimado.

En el exilio las certezas renacen, nuevas.


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