A pesar de las dudas de Shûsaku Endo sobre el verdadero cristianismo de los japoneses, expresadas en la admirable obra "Silencio", también me parece que los japoneses comparten con los cristianos una característica fundamental: su facilidad para empatizar con los demás. ¿No es este uno de los pilares fundamentales del cristianismo, uno de los arquetipos del Discurso de la Montaña, la constante creencia de que nuestro esfuerzo no ha sido lo suficientemente significativo, lo suficientemente pronunciado, como para que surja la comprensión? Ciertamente, veo la debilidad de este razonamiento: los japoneses intentan incansablemente ponerse en la piel del otro; también desean ser mejor comprendidos; no conocen la culpa, sino la vergüenza… El cristiano debe empatizar con los demás porque cree que la culpa es suya, lo que no significa que la haya cometido, sino que su falta de atención a los demás los llevó a no esforzarse lo suficiente para evitarla.
El pecado no es inevitable para el cristiano, pues sabe que siempre debe considerarlo como una posibilidad. Lo sabe desde Adán. Desde la Caída. Y por eso existe la Caída, para recordarnos nuestra debilidad e imperfección y obligarnos a considerar la posibilidad del pecado. A menudo, esta idea tan simple se transforma en una prueba de culpa. Al comienzo de la Cuaresma, la idea de penitencia es omnipresente. Quienes nos acusan de culpa no comprenden la esencia de la penitencia, que es precisamente revisar, perseguir esa debilidad que constantemente nos agobia. La penitencia no es una vía dolorosa. Es nuestra debilidad la que es nuestra vía dolorosa. Y podemos intentar remediarla en cualquier momento. No hay culpa que no pueda combatirse eficazmente con la ayuda de la gracia. Perseguir los momentos en que tuvimos que rendirnos a nuestra debilidad es penitencia. Esforzarse por ver más allá, elevarnos, esforzarse por superar nuestra debilidad mediante una mayor consciencia y asegurar empíricamente que ya no sucumbimos a ella: esta es la penitencia en su forma más auténtica. La culpa es mía. Y a menudo la culpa radica en la falta de ambición, en la falta de fe que engendra el miedo al fracaso. Cristo, desde la cima de la montaña, nos recuerda constantemente que Solitus in Excelsis (Sólo en las Excelsis). La solución reside en lo más alto.
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