Contra los robots

El diario de viaje de Emmanuel Di Rossetti


La bomba de Clive Staples Lewis

Primero, deben librarse de esa idea nauseabunda, nacida de un manifiesto complejo de inferioridad y un espíritu mundano, de que la pompa, en las circunstancias apropiadas, tiene algo en común con la vanidad o la presunción. Un celebrante que se acerca solemnemente al altar para celebrar, una princesa guiada por su rey en un noble y delicado minué, un oficial superior que pasa revista a las tropas condecoradas en un desfile, un mayordomo con librea que trae un plato suntuoso a un banquete navideño: todos visten atuendos inusuales y se mueven con calculada e impecable dignidad. Esto no significa en absoluto que sus gestos sean vanidosos, sino más bien obedientes; sus gestos obedecen a un imperativo que rige toda solemnidad. La costumbre moderna de realizar ceremonias sin etiqueta no es signo de humildad; más bien, demuestra la incapacidad del celebrante para sumergirse en el servicio y su propensión a arruinar el placer inherente al ritual de colocar la belleza en el centro del mundo y hacérsela accesible

Traducción libre del autor del blog.


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