Creonte divide a sus interlocutores en dos bandos: los que están con él y los que están en su contra. Ya no negocia ni amenaza a quienes se le oponen. La fuerza lo controla, cuando solo debería usarse para protegerse, y esto siempre ocurre con quienes se entregan en cuerpo y alma a la voluntad de poder. Ejercer la fuerza como poder es creer que el miedo es el motor del poder y establece la autoridad, cuando en realidad se asemeja más a la caricia de un padre en la mejilla de un hijo tras una fechoría. Si el poder reina en la práctica, siempre debe estar moderado por la autoridad, o se creerá autosuficiente. Creonte ya no sabe desde dónde habla, o al menos habla de un lugar imaginario al que acaba de llegar, un lugar que no existía antes de su llegada y que él mismo creó. Como si, al convertirse en rey, Creonte ya no estuviera compuesto de los mismos elementos de carne, hueso y genética que el día anterior a su coronación. Creonte se aferra y se apropia de una identidad real que olvida sus orígenes y su deuda con el pasado, la cual se borra con su ascenso al poder. Si bien la identidad es una búsqueda y, en cierta medida, una construcción basada en los gustos y las elecciones personales, toda una base de identidad existe, incluso preexiste, en nosotros antes de nacer. Demasiadas identidades se forjan hoy en día, cristalizando sobre esta base o únicamente en su búsqueda, cuando el equilibrio debería ser el principio rector de la identidad.
La división según Creonte
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