Las virtudes del aburrimiento

En un libro breve y mordaz (Sobre Francia, traducido por Alain Paruit, L'Herne), Emil Cioran ofreció una respuesta al malestar francés. Explicó cuánto valoraba el aburrimiento, pero distinguió entre dos tipos: aquel que abre "sus puertas al infinito", "como una extensión espiritual de un vacío inmanente del ser", y aquel que consideraba uno de los males más importantes de Francia, su aburrimiento "desprovisto de infinito". Lo denomina "el aburrimiento de la claridad... el cansancio de lo ya comprendido".

Durante mucho tiempo solía decir que nunca me aburría. Ahora me doy cuenta de que esa afirmación era engañosa. Al decir que nunca me aburría, quería decir exactamente lo contrario: me regodeaba en el aburrimiento. He reflexionado sobre esta frase con satisfacción y ahora me irrito aún más al comprender su doble sentido. Es la complacencia lo que debería desterrarse. La satisfacción de oírse hablar o realizar cualquier acción siempre debería despertar sospechas en uno mismo. La complacencia es precisamente como un remedio para el aburrimiento, cuando uno teme aburrirse. La complacencia es la agonía del kairós.

Creo que puedo vincular este aburrimiento del que habla Cioran con mi capacidad de proyectarme en un mundo espiritual. No obtengo gloria alguna de ello, ningún mérito en absoluto, sobre todo porque siempre lo he hecho sin esfuerzo. También relaciono este concepto con las respuestas que Samuel Beckett dio en un libro de entrevistas con otro escritor: "¿Qué has estado haciendo últimamente? ¿Has estado escribiendo? Hay que hacer algo…". La humildad que transmite siempre me ha parecido absolutamente sobrenatural. Me imagino el rostro apuesto de Samuel Beckett repitiendo: "Hay que hacer algo…". Suponiendo que ese algo se titulara Esperando a Godot, ¡qué desilusión para la pequeña burguesía! ¡El trabajo reducido a una búsqueda de aburrimiento!

El resto del texto de Cioran se aleja un poco del aburrimiento para aclarar aún más el problema francés. Cioran emplea hábilmente un estilo donde la ironía aflora sutilmente sin llegar a convertirse nunca en un lamento:

Un pueblo sin mitos está condenado a la despoblación. La desolación del campo francés es la prueba irrefutable de la ausencia de mitología cotidiana. Una nación no puede vivir sin ídolos, y el individuo es incapaz de actuar sin la obsesión por los fetiches.

Mientras Francia fue capaz de transformar conceptos en mitos, su esencia vital permaneció intacta. El poder de infundir sentimiento a las ideas, de proyectar lógica en el alma y de infundir vitalidad a las ficciones: este es el significado de esta transformación y el secreto de una cultura floreciente. Engendrar mitos y aferrarse a ellos, luchar, sufrir y morir por ellos: esto revela la fecundidad de un pueblo. Las «ideas» de Francia eran ideas vitales, por cuya validez la gente luchó en cuerpo y alma. Si Francia conserva un papel decisivo en la historia espiritual de Europa, es porque animó muchas ideas, extrayéndolas del vacío abstracto de la pura neutralidad. Creer es animar.

Pero los franceses ya no pueden creer ni inspirar. Y ya no quieren creer, por miedo a quedar en ridículo. La decadencia es lo opuesto a la época de la grandeza: es la transformación de los mitos en conceptos

 

Un pueblo entero enfrentado a categorías vacías, que con sus manos esboza una vaga aspiración dirigida hacia su vacío espiritual. Lo único que les queda es inteligencia, sin injertar en el corazón. Por lo tanto, estéril.

 

Al leer estas líneas, se me ocurrió una idea. Pensé que tal vez era hora de abrir el debate en este país y reflexionar sobre nuestra identidad. ¿Cómo? ¿Ya se ha hecho? Ah, si es así, disculpen.

 

P.D.: Llamo aquí la atención del lector sobre un artículo de Zenit que transcribe las fascinantes declaraciones de Francesco Casetti, director del Departamento de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Católica de Milán, quien, en el contexto del congreso "Testigos Digitales", ofrece una definición de la web 2.0 y, dentro de ella, de las redes sociales.

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