Pero si pasamos del miedo en general al temor de Jesucristo en el Huerto de los Olivos, encontraremos que el silencio es más apropiado que las palabras. Su Pasión es una serie de excesos, muchos de los cuales desconocemos, dice Ángela de Foligno. Pero estos sufrimientos, por terribles que fueran, fueron sucesivos, no simultáneos. En el desarrollo de la Pasión, no los soportará todos a la vez. Pero en el Huerto de los Olivos, en virtud del mismo terror, adquirieron en él una perfección mayor que la que la realidad misma les daría. Quizás la crucifixión se sintió de forma más terrible en el Huerto de los Olivos que en la cruz. Porque en la cruz se sintió en la realidad. En el Huerto de los Olivos se sintió en el espíritu.
El sudor de sangre es la palabra de este terror. Generalmente, el hombre no suda sangre. El sudor de sangre es algo que trasciende todo, así como el terror de Jesucristo lo trascendió todo. Sintió el peso de la furia de Dios sobre él, y supo cuál era esa furia.
Él llevaba la esencia misma de la furia de Dios. Vio su futuro terrenal, que era pasión, y luego el futuro de la humanidad: vio sus crímenes, su sufrimiento. Nadie sabe lo que vio. Nadie sabe lo que sintió. Nadie sabe lo que llevaba dentro. Nadie sabe qué temblor conmovió a esta naturaleza humana, que no tenía otro apoyo que una Persona divina, y que se veía a sí misma como objeto de la furia de Dios.
Ernesto Hola, Palabras de Dios, Reflexiones sobre algunos textos sagrados. Editorial Jérôme Millon.
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