De aquí se deriva la conclusión obvia de que el Estado es un hecho natural, que el hombre es por naturaleza un ser social, y que quien permanece salvaje por naturaleza, y no por casualidad, es sin duda un ser degradado o un ser superior a la especie humana. Es precisamente a un hombre así a quien podría dirigirse el reproche de Homero: «Sin familia, sin leyes, sin hogar...». Un hombre que fuera por naturaleza como el poeta solo respiraría guerra; pues entonces sería incapaz de cualquier unión, como las aves de rapiña.
Si el hombre es infinitamente más sociable que las abejas y todos los demás animales que viven en grupo, es obviamente, como he dicho a menudo, porque la naturaleza no hace nada en vano. Ahora bien, concede el habla exclusivamente al hombre. La voz puede ciertamente expresar alegría y tristeza; otros animales no carecen de ella, porque su constitución les permite sentir estas dos emociones y comunicárselas mutuamente. Pero el habla está hecha para expresar el bien y el mal, y en consecuencia también la justicia y la injusticia; y el hombre tiene esta característica única entre todos los animales: solo él concibe el bien y el mal, la justicia y la injusticia, y todos los sentimientos de la misma clase, que, al combinarse, constituyen precisamente la familia y el estado.
No cabe duda de que el Estado está naturalmente por encima de la familia y de cada individuo; pues el todo prevalece necesariamente sobre la parte, pues, una vez destruido el todo, ya no hay partes, pies ni manos, salvo por una mera analogía verbal, como se habla de una mano de piedra; pues la mano, separada del cuerpo, tampoco es una mano real. Las cosas se definen generalmente por los actos que realizan y los que pueden realizar; en cuanto cesa su capacidad previa, ya no se puede decir que son lo mismo; simplemente quedan englobadas en el mismo nombre.
Lo que prueba claramente la necesidad natural del Estado y su superioridad sobre el individuo es que, si no se acepta, el individuo puede entonces ser autosuficiente aislado del todo, así como de sus demás partes; pero quien no puede vivir en sociedad y cuya independencia carece de necesidades, jamás podrá ser miembro del Estado. Es un animal o un dios.
La naturaleza, por lo tanto, impulsa instintivamente a todos los hombres a la asociación política. La primera persona que la estableció prestó un inmenso servicio; pues si el hombre, habiendo alcanzado su plena perfección, es el primero de los animales, también es el último cuando vive sin leyes ni justicia. De hecho, no hay nada más monstruoso que la injusticia armada. Pero el hombre ha recibido de la naturaleza las armas de la sabiduría y la virtud, que debe emplear sobre todo contra sus malas pasiones. Sin virtud, es el más perverso y feroz de los seres; solo posee los brutales arrebatos del amor y el hambre. La justicia es una necesidad social; pues la ley es la regla de la asociación política, y la decisión de los justos es lo que constituye la ley.
Aristóteles, Política . I.9-13
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